Hola.Perdona, pero no había podido visitar tu blog hasta ahora. Descubro una grata sorpresa. Coincido mucho en tus reflexiones. Lo primero que me llama la atención es la cuestión de lo que llamas “teatricalidad”. Podríamos entender la teatricalidad de un oficio si consideramos que un oficio siempre conlleva un saber/hacer. Saber hacer algo implica necesariamente el poder de no decir ni revelar cómo es que se sabe hacer “eso”. Ese poder es como una pantalla que hace pasar como una “habilidad natural” aquello que se ha logrado aprender con la práctica y con el esfuerzo de años. Por ahí reside la teatricalidad.
Un saber/hacer implica una suerte de histrionismo estratégico que sirve para conservar y mantener la posición -más o menos- privilegiada de quien hace algo en X campo de acción. Un saber/hacer implica un sistema de disposiciones adquiridas que el cuerpo ha incorporado y que el cuerpo es capaz de accionar por una especie de “sentido práctico” que se detona en una situación concreta. Por tanto, el saber/hacer es una práctica que se hace oficial en un campo de acción.
Ese campo sirve de escenario para “hacer valer” ese oficio. Por ello cualquier oficio conlleva cierta teatricalidad. Cada persona tiene que defender su oficio para ser “competente”. Nunca encontraremos a alguien que nos confiese que no sabe hacer nada de eso que “dice” saber hacer. Es toda una teatricalidad, sin duda, y este término tuyo, a diferencia de una simple “teatralidad”, me parece muy atinado para reflexionar la relación que existe entre la física social y las interacciones comunicativas.
De tal forma que tus inquietudes nos son del todo gratuitas. Cualquiera que tenga un oficio está “metido” en esta situación. Lo que pasa es que los saberes de lo que se sabe hacer, en realidad son saberes subjetivos que se dan por descontados, y al darse por descontados también son atribuidos a la persona que los hace, en lugar de ser entendidos como un conjunto de saberes adquiridos a través de años de práctica. Por ello la frontera que divide un acto de comunicación es, justamente como dices, muy poco clara. La mayoría de la gente se la cree y está dispuesta a defender su parcelita de poder histriónico.
Es el cuerpo el que de hecho “sabe” lo que uno dice o presume saber, porque quien dice saberlo ya no se cuestiona cómo lo hace, simplemente lo hace como un saber incorporado. Es un poco como saber andar en bicicleta: cuando uno se monta en ella simplemente anda y ya, no se detiene cuestionar como hay que andar en ella cada vez que necesita hacerlo.
Si te fijas, la noción referida al saber/hacer nos lleva a reconocer que existe un desplazamiento entre “el decir y el hacer”. Este desplazamiento demarca una diferencia sustancial entre lo que “se dice que se sabe” y lo que “se hace cuando eso se dice”. Y el profesional dedicado oficialmente a mediar este desplazamiento discursivo es sin más el intelectual. El intelectual al ejercer su oficio cae necesariamente en la maldita utilidad que mencionas. Lo que dice y lo que sabe tiene que necesariemnte serle útil y redituable, de manera que le hace también al histrión, como se hace en cualquier oficio. El detalle es que el oficio del intelectual es producir cierta ideología.
Pero que exista necesariamente una teatricalidad tampoco implica necesariamente que uno deje de ser franco. Uno puede ser franco y hablar o actuar según los términos de una ética de sí. Cuando uno ejerce esa franqueza para sí, uno ya no actúa sino que acciona una forma de pensar, y la acción de esa forma de pensar es capaz de transformar los escenarios de la teatricalidad. Y de eso se trata: de que exista una transformación de los campos de acción y no que los campos de acción transformen la ética de uno.
Cierto es que cualquier catatonia implica estar despojado de la acción: uno está petrificado y ciertamente experimenta una especie de grado cero de la voluntad. Pero la voluntad no sirve para transformar el mundo, ni para accionarlo, la voluntad sirve para actuar y para creérsela. Por eso quienes ejercen su oficio lo hacen de buena voluntad, porque quieren sobrevivir como todos. Los políticos, los abogados, los médicos, los científicos, los intelectuales, los artistas, etcétera, ejercen su oficio con muy buena voluntad, pero son los que más se avalan de la teatricalidad. Son los más preocupados por no perder su autoridad ni su verbo sobre la acción de quienes no saben ejercer eso que ellos si saben hacer en efecto.
Es grato que tus inquietudes surjan por que te preocupa la franqueza de tus acciones, en verdad es muy grato. Pero hay muchos que tienen la cara dura de oficio, y a ellos es a quienes francamente hay que tumbarles el puesto. La cosa no estriba en quedarse quieto, pero quien es franco va en contracorriente.
Si quieres organizar tu simposium puedes hacerlo, lo único que te lo impide es tu franqueza. Quizá en el fondo no quieres que los otros se monten en la situación para que la usen como vitrina de sus presunciones de saber beatnick, o quizá en el fondo sabes que lo que realmente te mueve a organizarlo no es una necesidad social o una intención realmente pedagógica, sino que es tu gusto por mostrar que eres un conocer de WB. Quizá sea algo más imperioso: quizá sea que en el fondo quisieras hacer renacer un estilo beatnick de vida.
En fin, me gustó mucho tu post. Sobre todo por tu reflexión última. Creo que tienes razón y aplaudo tu discernimiento. Me refiero concretamente a lo que dices a diferencia de lo que yo dije. Creo que es un buen punto el tuyo. Pero en efecto eso que arguyes depende mucho del cómo entendemos esta comunicación bloguera y sobre todo del cómo entendemos al poder. ¿Hay poder de por medio en los blogs? La verdad es que yo me hago la misma pregunta… Pero ciertamente acá muchas veces no se habla ni siquiera por uno mismo, se piede ese rastro, pero eso parece no mermar la participación, ni bloquear los flujos de información.
y eso me gusta…
Bueno, saludos y buenos posts